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¿Qué pasa cuando ya no creemos en nada?


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En los años setenta, el 90% de los españoles se identificaban como católicos. Hoy, en 2025, esa cifra ha caído al 55%, y entre los jóvenes, solo un 32% se considera católico. Más allá de los números, esta transformación refleja un cambio trascendental en nuestra cultura: estamos dejando de creer.

Más allá del abandono de la religión, lo que está ocurriendo es una pérdida de conexión interior; nos estamos quedando sin un marco común que nos sostenga cuando la vida se vuelve difícil.

Porque, ¿qué pasa cuando la adversidad toca la puerta y no hay una creencia, una práctica o una filosofía que nos recuerde quiénes somos y hacia dónde vamos? En muchos la mayoría de los casos, aparece la ansiedad, la sensación de vacío, el individualismo extremo o una búsqueda de identidad que cambia cada mes...

En mi experiencia personal —como madre, como profesional del bienestar, como mujer migrante que ha tenido que reconstruirse varias veces— veo cada vez más claro que estamos viviendo las consecuencias de una desconexión espiritual. Y no me refiero solamente a creer en Dios, sino a algo más amplio: pertenecer a algo más grande que uno mismo. Tener raíces. Tener un propósito.

En cambio, nos encontramos hoy con personas que se identifican con mil etiquetas distintas, con ideologías que van y vienen, con estilos de vida que a veces parecen más una fachada que una convicción. Y sin embargo, muy pocas veces escuchamos: “soy católico”, “soy budista”, “tengo una práctica espiritual”, “sigo una filosofía de vida con profundidad”.

Y cuando miro hacia otras culturas, como las de Oriente, veo una diferencia determinante: ellos han sabido mantener una base de creencias compartidas, transmitidas de generación en generación, incluso con sus contradicciones. En Japón, China o India, por ejemplo, el respeto a las tradiciones espirituales y a los valores fundamentales sigue siendo parte del éxito y la resiliencia de esas sociedades.

En cambio, en Occidente hemos confundido muchas veces la libertad con la desconexión, la modernidad con el desapego, y la crítica con el rechazo total de lo anterior.

Pero no se trata de volver ciegamente a lo de antes. Se trata de abrir los ojos y preguntarnos en qué queremos creer ahora. ¿Qué raíces queremos sembrar en nuestros hijos? ¿Qué tipo de comunidad queremos habitar? ¿Qué valores nos sostienen cuando todo tiembla?

Nuestros hijos no necesitan que les dejemos un mundo perfecto. Lo que necesitan es que les dejemos una dirección, una raíz, una fuerza interior que no dependa de las modas ni de lo externo. Algo que les enseñe a sostenerse por dentro cuando la vida les ponga a prueba.

Yo estoy convencida de que estamos a tiempo de reconstruir una espiritualidad real. No una fe impuesta por el miedo o la culpa, una fe que nazca del compromiso, del amor, de la responsabilidad con nosotros mismos, con los otros y con la vida.

Una espiritualidad que nos ancle cuando todo afuera se tambalea. Que nos dé dirección sin necesidad de gritar. Que nos enseñe a vivir con menos ruido, más verdad y más conexión.

Porque cuando no creemos en nada, quedamos expuestos a todo.

Y quizá ahí está el verdadero riesgo...

 
 
 

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